¿Qué es lo real y lo imaginario? El discernimiento más difícil cuando se vive.
Entender la naturaleza del pensamiento. Sí, pensar, reflexionar, interiorizar. Lo invisible e inquieto que es… el mundo de la mente. Las ideas, las emociones, las palabras que están acumuladas dentro del encéfalo; el único órgano que se hace preguntas y contiene lenguaje dentro de sí.
Guardar centenares de datos e información que no se ven ni se tocan ni se desechan. Están ahí, flotando en un mundo visiblemente inexistente pero sintiente y muy vívido.
Cualquier cosa lo activa: de olores a sabores, de sonidos a visiones. Y lo más angustiante o privilegiado es que ni siquiera se necesita de un estímulo externo para encenderse; con el mismo cúmulo de ideas tiene para sobrevivir por años.
Por eso la pregunta: ¿será real todo eso? ¿Eso que hace estragos o genera creatividad? Claro que lo es. Pero he ahí la complejidad: no se puede manipular, solo aparece.
¿Cómo tranquilizar algo que no existe pero que sí se siente? ¿Cómo silenciar lo que aparentemente no se escucha?
Las ideas que habitan en la mente ocupan todo el espacio físico inexistente. Parecieran ser seres vivos que chocan entre sí, colisionan unos con otros, y cada vez que uno toca a otro, se multiplican más y más.
Tan misterioso es lo que se produce allí que aparecen fenómenos como el miedo, la alegría, la religión, la depresión, la esperanza, la resiliencia, la autodestrucción o la ansiedad; esta última fabrica pensamientos que responden a amenazas que no existen. Quizás por eso el humano sufre: por el lenguaje. Todo lo que provenga del orden de la palabra está a merced de la interpretación.
A lo mejor eso es con lo que trabajamos los psicólogos y psicólogas… con lo inmaterial.
¿Pero entonces quién dota a quién? ¿Quién le da significado a quién: la sensación a la palabra, o la palabra a la sensación? Discusión que ha dado lugar a infinidad de debates… ¿Qué vino primero, la emoción y luego el pensamiento? ¿O el pensamiento genera la emoción?
Reflexiono y termino por concluir —al menos con la primera hipótesis— que quien controla el lenguaje puede controlar su ser. Pero el lenguaje de los pensamientos no cualquiera sabe traducirlo y manejarlo con soltura. Hay que entrenarse diariamente.
Por ejemplo: ¿recuerdan la primera vez que “pensaron” durante su niñez? ¿Qué reflexionaron y escucharon su voz mental?
Imagínense a la primera persona que pensó a sus adentros. Se asustó de una voz insonora que provenía de una figura invisible: alguien o algo en su cabeza que sentía, pensaba e imaginaba, que le hacía imaginar cosas que no quería, pero también le daba soluciones que no había encontrado… Debió de sentirse profundamente angustiado, hasta que se dio cuenta que no estaba solo: todos y todas también tenían a ese acompañante dentro.
Se dieron cuenta también que el silencio lo alimentaba. Y la humanidad tardaría siglos en intentar nombrarlo. Primero, con la trepanación, descartarían que hubiese “algo” o “alguien” en la cavidad cerebral. Unos lo llamarían “espíritu”; otros dirían que son líquidos en el cuerpo; y después, el parteaguas: con el concepto del “inconsciente”… y aún así, seguimos estudiándolo; estudiándonos.
¿Cómo callar entonces lo incallable? ¿Cómo sacar algo que ni sabemos cómo se metió?
La mente humana es un ecosistema muy misterioso. ¿Algo realmente se produce dentro de nosotros? ¿O la mente es solo un depositario que guarda información que después manipula a merced de lo que sienta el cuerpo?
Sueño con un filtro mental para la interiorización de información del medio: un filtro de “beneficioso-no beneficioso” que nos avise, en el momento en que algo quede registrado en la mente, si es saludable o no… pero, ¿cómo sabremos si lo es o no, si no hasta cuando ese algo entre y viva por un tiempo dentro de nosotros?
Fracasé. Y sí, fracasar es perder. Perdí y me perdí, y de esas pérdidas se engendraron varios duelos. Pero hay que duelar, duelar la vida.
¿Cuántos duelos son necesarios y suficientes? Hay que vivir los duelos sin explicarlos, porque no pretenden ser explicados, sino ser aprendidos.
El dolor como maestro es el que más ruido hace. Es necesario prestar atención, hacer silencio y oír, porque entre menos escuches, más te va a doler.
No se evitan los duelos; se aprende a vivir con ellos. Y sí, todo duele. Tomar decisiones duele, asumirlas duele, tomar otras duele. Adolecer y recuperarse, opuestos que se unen en un mismo punto: sentir.
Diariamente hay duelos, hay pérdidas. Pero asumir cómo vivimos con ellos es entender el cómo y el para qué, en lugar del porqué.
El duelo es como ver tu casa quemándose lentamente sin poder apagarla. Solo contemplar cómo se va desvaneciendo poco a poco. Y como el dolor es inevitable y no postergable, nunca se puede adelantar un duelo, ni tampoco resistirse a él ni frenarlo. El duelo aparece cuando tiene que aparecer. Sin condiciones ni restricciones, solo emerge.
¿Entonces a los duelos hay que saber darles la bienvenida cuando lleguen? Sí, porque nunca se van. Ese sería al fin el sentido de todo este asunto, aprender a recibirlos.
Exacto. Todo este tiempo de eso se ha tratado. El duelo te da una certeza, te da la visceralidad de que es inminente, inevitable e inexorable. Siempre existirá y es un ser que siempre nos acompañará. Muchas personas lo han sentido de formas similares: opresión en el pecho, sensación de ahogo, llanto constante, rumiaciones, pensamientos catastróficos, picos de ansiedad y lo más común… sensación de no encontrar nada bien.
Las decisiones solo se miden por sus consecuencias: su impacto solo se revela con el tiempo y sus resultados.
Pero el duelo no es el enemigo. Sí nos coloniza y sí ocupa todo el ecosistema emocional, pero no es un adversario que debemos enfrentar. Es ese visitante que te ayuda a sopesar la vida, a tramitarla; porque esta no conoce de meritocracia o justicia.
En el 2012, Gabriel Rolón dijo en una entrevista, al explicar la idealización que se eleva en las nubes de las emociones falseadas: “La desilusión es el paso inevitable para construir un amor duradero”. Esto reafirma que el duelo trabaja estrictamente con lo real, no con la fantasía.
¿Quién era yo antes de un duelo? ¿Quién soy ahora después de pasarlo?
Los duelos traen con ellos identidad. Y cuando se vive cada duelo, se nos suministra una dosis nueva de identidad. Cambiamos, mutamos; nadie es el mismo después de un duelo. Y no hay duelo igual o parecido a otro.
Algunos dicen que los duelos son pruebas. Yo sostengo que nunca se superan; se aprende a convivir con ellos.
Por eso cuando vienen, déjalos entrar. Déjalos que hagan lo que tengan que hacer dentro de ti, el tiempo que sea necesario; que te esculquen, que te movilicen y que te hagan doler hasta las entrañas… pero después, deja que el antídoto haga su efecto. Deja que te alivie, que te sane, que te muestre cosas que antes no veías; que te cure y te despoje de las resistencias.
El duelo sigue presentándose como una forma más para invitarnos a valorar la impermanencia. Nada se acaba, sino que dura lo que tenga que durar. Como dijo Cerati: “Siempre es hoy” y “Gracias totales”.