El amor no conoce de mesura. Es primitivo, animalesco. Lo sé porque así lo vivo y lo veo… no solo en mí, sino en otros; en los de mi misma especie.
Muchas personas piensan que el amor es de un cerebro racional, pero yo estoy seguro de que pertenece más a uno animal. Es más bestial e ignorante que inteligente y superdotado.
Sostengo que es tan arcaico por esa impronta emocional que cargamos. Hay una huella mnémica por siglos en nosotros que seguirá perdurando, porque no es posible abdicar de aquello que alguna vez nos ayudó a llegar hasta aquí.
Más allá del acto de aparearnos, su fin fue, durante mucho tiempo, uno solo: reproducirnos en otros.
¿Pero por qué ahora ese ya no es su único fin?
Porque lo hemos dominado. Nos hemos impuesto sobre él y le hemos enseñado que no solo es lo biológico sino también lo filosófico. Le pusimos una cadena en el cuello e intentamos que se adaptara a nosotros… y no nosotros a él.
¿Cómo amaban los que no conocían el concepto? ¿Cómo describían las sensaciones que les generaba querer a otros?
A través del cuerpo. Por señas, por sensaciones, por referencias. Sonrojarse, presión en el pecho, nudo en la garganta, cosquillas, erecciones, humedad, hormigueo, vacío en el estómago. El sistema nervioso alista al organismo para una embriaguez de aquel cóctel emocional y orgánico, lleno de sustancias que nos preparan para entregarnos… mas no mediante un dialecto sofisticado de poesía y verbalización moral.
Después de estudiarlo y estudiarnos tantos años, esos fenómenos indómitos, sin dueños ni guías de lo que se sentía, empezamos por ponerle un nombre y por racionalizarlo. Intentar amaestrarlo desde la lógica y las teorías. Ponerle un montón de formas, rutas, sensaciones y hasta adornarlo con una investidura romántica.
¿Lo ven? El amor se adiestra con el lenguaje. Con la palabra y con las ideas, porque lo orgánico y puro no tiene tanto por ofrecer y llenar — aparentemente —… y por eso no le agrada a nuestra mente necia y hambrienta de deseo inagotable.
¿Qué es y qué no es? Por mucho tiempo, cada quien le ha atribuido un significado a esa experiencia desde lo que ha vivido. Y esa vivencia se ha transmitido de conocimiento en conocimiento, de familia en familia. O sea, es un animal heredado.
Aprendemos por muchas vías: por el contacto mismo con el amor que nos enceguece. Nos despedaza y somos capaces hasta de arrancar las pieles emocionales de otros por tenerlo. Esa territorialidad única es por causa de lo primitivo, no por lo educativo.
Otra forma es por lo que se nos dicta por otros. Lo que otros han experimentado se replica en nosotros. Destituye por tanto lo genuino de la sorpresa. Y eso que solo es un acercamiento ajeno a la interpretación del amor… por eso nos quedamos “amando” desde otros, y no desde “nosotros”.
En algún momento llega el señor y gran amo del rebaño llamado “Consiencia” con sus justificaciones y creencias formales, para educarnos y dotarnos de “juicio” y así adiestrarnos. Nos dice qué se puede y qué no. Qué es amor y qué no; incluso cómo amar y cómo no.
El amor es empírico desde el nacimiento para luego ser estudiado por adaptación. Su origen es puramente reactivo mediado por un estímulo. Y no solo viene desde el vientre de nuestra progenitora, sino desde antes… desde la intención. Por eso somos seres intencionados que, para procrear voluntariamente, nos las ingeniamos y creamos el concepto de “amar”.
Hasta podría decir que el amor es experimental y condicionado. Si no tuviéramos forma de comunicarnos por medio del raciocinio, seguiríamos contemplando su fin y no sus medios. Bueno, he de decir que algunos siguen encadenados por el apego. El apego… ese amo que nos maltrata y nos acaricia al mismo tiempo, pero que al final no sabemos identificar si es deseo o necesidad.
¿Y si debemos castrar algunas ideas para que se empoderen otras?
Por eso los animales no ven más allá de su lenguaje instintivo. Ellos no meditan si el deseo que se tiene por el otro es correspondido o no. Es muy llano, es muy plano. Se queda ahí.
No se quedan analizando si el otro planea una vida con nosotros o si nuestras crianzas y heridas podrán convivir en armonía. No piensan en el perdón porque no saben qué es. No los atormenta en la noche el pasado de quien nos lastimó, porque su alimento y la supervivencia preponderan más que el agravio y el agobio de no saber qué hacer con el daño.
¿El amor entonces es una necesidad? Lo interesante de todo esto es que el tema no se detiene ahí. No, es más complejo y cada vez se engruesa más porque aborda otros temas de “sexualidad” y roles. Ontológicamente cómo ser, socialmente cómo actuar, emocionalmente qué sentir, ideológicamente qué pensar.
¿Será pues el amor instintivo o reflexivo?
Nosotros, por gloria o por desgracia, tenemos los dos. A veces nos sale lo instintivo, lo infantil, lo inocente; lo que no piensa y actúa por intuición. Y otras veces nos quedamos en un mar de inconsistencias; navegando en una inmensidad de ideas retóricas entre si me ama más de lo que yo me amo a mí mismo.
Pero ¿Y qué tal si me equivoco? ¿Qué tal si el amor es un animal independiente? ¿Un ser vivo que se nos mete desde que nacemos hasta que morimos?
Y si sí ¿Será que sobrevivimos porque nos alimentamos mutuamente? Él se alimenta de nosotros y nosotros de él. Es ese inquilino que nos hace ver cosas, pensar cosas, escuchar cosas y sentir cosas. Ahí está, esa es la forma más sublime de describirlo.
Es un animal viviendo dentro de otro animal. Por eso el amor necesita hogares donde habitar y vivir. Necesita huéspedes para subsistir. Pero con todo esto, ya ni sé si él es un parásito nuestro o somos nosotros quienes vivimos a costa de él.
¿Quién es entonces el animal de esta relación?
Del latín insistere, tomar posición o mantenerse en pie. La insistencia es quizás uno de los esfuerzos humanos y emocionales más importantes en su existencia. Ayudó a grandes personalidades a explorar más allá de su imaginación. Ya en su etimología se anuncia su naturaleza: el sufijo -encia, del mismo latín -entia, expresa cualidad o estado de acción. Eso podría significar que insistir es, evidentemente, estar en una acción constante.
Ahora bien, es bella porque para comprenderla es inevitable vivirla. Y es sutil, porque pasa desapercibida: no es ruidosa, no es altiva y tampoco desea ser escuchada. Cuanto más silenciosa trabaja, más se agiganta el eco de sus pasos a medida que avanza.
Finalmente, es sorda: no oye a los que no confían, a los que no tienen fe ni creen ciegamente en su potencial. De ahí que la insistencia traiga un sustrato del que solo puede gozar quien logre, con paciencia, entender su propósito. Por eso, cuando insistimos tanto, nos volvemos sordos a pensamientos y emociones ajenas, hasta que lo logramos; hasta que llegamos a la cúspide de lo que queríamos y deseábamos.
Sin embargo, tal parece que la vida no conoce de meritocracia ni de justicia, porque su lenguaje es, muchas veces, incomprensible para nosotros: más de actos que de palabras, más de sucesos que de reflexiones. No hay garantías ni una devolución recíproca por su esfuerzo. No obstante, la insistencia misma sí da una garantía: la de aprender constantemente; no en los resultados, sino en el camino de lo que se persigue.
Insistir, entonces, no se trata de esperar los resultados, sino de apreciar los procesos. Ofrece garantías tácitas en la medida en que se aprende del proceso, y el resultado solo es un adorno del trabajo hecho con ella. Algunos lo llaman dignificar; otros, recompensa.
Volvámonos, pues, perseguidores e insistidores, desprovistos de expectativas, de productos, y más conscientes de las visiones y vivencias de la travesía.
Para todo hay una primera vez, y eso significa que uno vive siempre en primeras veces sin darse cuenta. Fíjese: cada cosa, cada pensamiento, cada situación ocurren una sola vez y nunca vuelven a ser iguales. Usted puede vivir una situación cientos de veces, pero nunca del mismo modo: nunca en el mismo momento, con la misma edad, ni en el mismo lugar emocional. Ya en el siglo VI a.C., Heráclito fue uno de los primeros en advertirlo, con su célebre reflexión: “Nadie se baña dos veces en el mismo río”, porque ni el río ni quien se baña en él vuelven a ser los mismos desde la primera vez que se encuentran. Esa es la bendición de la oportunidad: así quedó escrito en su compendio de reflexiones, “Sobre la naturaleza” (Peri physeos) que se perdió con el tiempo y que solo unos discípulos posteriores lograron transmitir.
Si, entonces, usted tiene la oportunidad de vivir siempre primeras veces, tiene la completa libertad y el derecho de insistir cientos de veces. Insistir es el eslabón que une todas esas primeras veces hasta convertirlas en una cadena mística de información divina.
¿Será, entonces, que la insistencia es una herramienta o una fiel amiga? Ambas; pero, más que nada, una amistad que exige reciprocidad. Invita a pensar que siempre hay primeras veces y que, en efecto, siempre hay una oportunidad, con la insistencia, de conocer y conocerse nuevamente.
Es esa amistad sin filtros que, cuanto más se usa, más sirve, sin desgastarse nunca.
Y es que algo tiene que salir, tiene que resultar. Algo, indefectiblemente, tiene que producirse al insistir con mayor ahínco en algún tema, en algún proyecto. Insistir en conocerse, en entender cómo se comporta una emoción, o insistir en una idea de sí mismo, es un acto no solo responsable, sino necesario.
¿Quién soy si no insisto? Lo que no hago me caza toda la vida. Nos volvemos presas de un depredador que es el remordimiento.
Pero la insistencia… la insistencia es, sí o sí, efecto y reacción. Debe existir un producto, una consecuencia aliada. Algo tiene que salir de tanto presionar y esforzarse; y no una remuneración solo física, sino también espiritual.
Insistir es, pues, una de las pocas experiencias en las que nunca se falla y nunca se pierde.
¿Qué es lo real y lo imaginario? El discernimiento más difícil cuando se vive.
Entender la naturaleza del pensamiento. Sí, pensar, reflexionar, interiorizar. Lo invisible e inquieto que es… el mundo de la mente. Las ideas, las emociones, las palabras que están acumuladas dentro del encéfalo; el único órgano que se hace preguntas y contiene lenguaje dentro de sí.
Guardar centenares de datos e información que no se ven ni se tocan ni se desechan. Están ahí, flotando en un mundo visiblemente inexistente pero sintiente y muy vívido.
Cualquier cosa lo activa: de olores a sabores, de sonidos a visiones. Y lo más angustiante o privilegiado es que ni siquiera se necesita de un estímulo externo para encenderse; con el mismo cúmulo de ideas tiene para sobrevivir por años.
Por eso la pregunta: ¿será real todo eso? ¿Eso que hace estragos o genera creatividad? Claro que lo es. Pero he ahí la complejidad: no se puede manipular, solo aparece.
¿Cómo tranquilizar algo que no existe pero que sí se siente? ¿Cómo silenciar lo que aparentemente no se escucha?
Las ideas que habitan en la mente ocupan todo el espacio físico inexistente. Parecieran ser seres vivos que chocan entre sí, colisionan unos con otros, y cada vez que uno toca a otro, se multiplican más y más.
Tan misterioso es lo que se produce allí que aparecen fenómenos como el miedo, la alegría, la religión, la depresión, la esperanza, la resiliencia, la autodestrucción o la ansiedad; esta última fabrica pensamientos que responden a amenazas que no existen. Quizás por eso el humano sufre: por el lenguaje. Todo lo que provenga del orden de la palabra está a merced de la interpretación.
A lo mejor eso es con lo que trabajamos los psicólogos y psicólogas… con lo inmaterial.
¿Pero entonces quién dota a quién? ¿Quién le da significado a quién: la sensación a la palabra, o la palabra a la sensación? Discusión que ha dado lugar a infinidad de debates… ¿Qué vino primero, la emoción y luego el pensamiento? ¿O el pensamiento genera la emoción?
Reflexiono y termino por concluir —al menos con la primera hipótesis— que quien controla el lenguaje puede controlar su ser. Pero el lenguaje de los pensamientos no cualquiera sabe traducirlo y manejarlo con soltura. Hay que entrenarse diariamente.
Por ejemplo: ¿recuerdan la primera vez que “pensaron” durante su niñez? ¿Qué reflexionaron y escucharon su voz mental?
Imagínense a la primera persona que pensó a sus adentros. Se asustó de una voz insonora que provenía de una figura invisible: alguien o algo en su cabeza que sentía, pensaba e imaginaba, que le hacía imaginar cosas que no quería, pero también le daba soluciones que no había encontrado… Debió de sentirse profundamente angustiado, hasta que se dio cuenta que no estaba solo: todos y todas también tenían a ese acompañante dentro.
Se dieron cuenta también que el silencio lo alimentaba. Y la humanidad tardaría siglos en intentar nombrarlo. Primero, con la trepanación, descartarían que hubiese “algo” o “alguien” en la cavidad cerebral. Unos lo llamarían “espíritu”; otros dirían que son líquidos en el cuerpo; y después, el parteaguas: con el concepto del “inconsciente”… y aún así, seguimos estudiándolo; estudiándonos.
¿Cómo callar entonces lo incallable? ¿Cómo sacar algo que ni sabemos cómo se metió?
La mente humana es un ecosistema muy misterioso. ¿Algo realmente se produce dentro de nosotros? ¿O la mente es solo un depositario que guarda información que después manipula a merced de lo que sienta el cuerpo?
Sueño con un filtro mental para la interiorización de información del medio: un filtro de “beneficioso-no beneficioso” que nos avise, en el momento en que algo quede registrado en la mente, si es saludable o no… pero, ¿cómo sabremos si lo es o no, si no hasta cuando ese algo entre y viva por un tiempo dentro de nosotros?
Fracasé. Y sí, fracasar es perder. Perdí y me perdí, y de esas pérdidas se engendraron varios duelos. Pero hay que duelar, duelar la vida.
¿Cuántos duelos son necesarios y suficientes? Hay que vivir los duelos sin explicarlos, porque no pretenden ser explicados, sino ser aprendidos.
El dolor como maestro es el que más ruido hace. Es necesario prestar atención, hacer silencio y oír, porque entre menos escuches, más te va a doler.
No se evitan los duelos; se aprende a vivir con ellos. Y sí, todo duele. Tomar decisiones duele, asumirlas duele, tomar otras duele. Adolecer y recuperarse, opuestos que se unen en un mismo punto: sentir.
Diariamente hay duelos, hay pérdidas. Pero asumir cómo vivimos con ellos es entender el cómo y el para qué, en lugar del porqué.
El duelo es como ver tu casa quemándose lentamente sin poder apagarla. Solo contemplar cómo se va desvaneciendo poco a poco. Y como el dolor es inevitable y no postergable, nunca se puede adelantar un duelo, ni tampoco resistirse a él ni frenarlo. El duelo aparece cuando tiene que aparecer. Sin condiciones ni restricciones, solo emerge.
¿Entonces a los duelos hay que saber darles la bienvenida cuando lleguen? Sí, porque nunca se van. Ese sería al fin el sentido de todo este asunto, aprender a recibirlos.
Exacto. Todo este tiempo de eso se ha tratado. El duelo te da una certeza, te da la visceralidad de que es inminente, inevitable e inexorable. Siempre existirá y es un ser que siempre nos acompañará. Muchas personas lo han sentido de formas similares: opresión en el pecho, sensación de ahogo, llanto constante, rumiaciones, pensamientos catastróficos, picos de ansiedad y lo más común… sensación de no encontrar nada bien.
Las decisiones solo se miden por sus consecuencias: su impacto solo se revela con el tiempo y sus resultados.
Pero el duelo no es el enemigo. Sí nos coloniza y sí ocupa todo el ecosistema emocional, pero no es un adversario que debemos enfrentar. Es ese visitante que te ayuda a sopesar la vida, a tramitarla; porque esta no conoce de meritocracia o justicia.
En el 2012, Gabriel Rolón dijo en una entrevista, al explicar la idealización que se eleva en las nubes de las emociones falseadas: “La desilusión es el paso inevitable para construir un amor duradero”. Esto reafirma que el duelo trabaja estrictamente con lo real, no con la fantasía.
¿Quién era yo antes de un duelo? ¿Quién soy ahora después de pasarlo?
Los duelos traen con ellos identidad. Y cuando se vive cada duelo, se nos suministra una dosis nueva de identidad. Cambiamos, mutamos; nadie es el mismo después de un duelo. Y no hay duelo igual o parecido a otro.
Algunos dicen que los duelos son pruebas. Yo sostengo que nunca se superan; se aprende a convivir con ellos.
Por eso cuando vienen, déjalos entrar. Déjalos que hagan lo que tengan que hacer dentro de ti, el tiempo que sea necesario; que te esculquen, que te movilicen y que te hagan doler hasta las entrañas… pero después, deja que el antídoto haga su efecto. Deja que te alivie, que te sane, que te muestre cosas que antes no veías; que te cure y te despoje de las resistencias.
El duelo sigue presentándose como una forma más para invitarnos a valorar la impermanencia. Nada se acaba, sino que dura lo que tenga que durar. Como dijo Cerati: “Siempre es hoy” y “Gracias totales”.